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martes, 19 de febrero de 2019

Una pérdida, una lección y una promesa


El fraude

Perdí mi coche. Sí, tal cual, lo perdí en un mal movimiento. Me defraudaron de esa forma en que tú juras que nunca te pasará a ti: cliente interesado que te inspira mucha confianza, negociación fluida, cita en el banco para depositar un cheque certificado, miedo y ganas de confiar, entrega del auto con todo y papeles y… ¡plop! Cubetada de realidad: el cheque-salvo-buen-cobro que te dio mala espina, efectivamente, ¡rebotó!

Como me dijo el Ministerio Público, “señora, regaló su carro”. Esa fue la pérdida. La lección fue lo más importante de toda la experiencia. Y no, no tuvo que ver con ese pedazo de sentido común y lógica básica que no apliqué: claro que sabía que corría un riesgo al tomar un cheque-salvo-buen-cobro. Esa lección ya la había tomado, aunque claramente no la apliqué en lo absoluto. 


Un muy mal hábito

La gran lección que aprendí sobre mi misma tiene que ver con algo que –ahora me doy cuenta- hago a menudo, y que suele tener un costo para mí: quedarme incómoda yo, con tal de no incomodar al otro.

Este mal hábito siempre tiene un costo para quien lo ejerce. A veces es sutil, y pasa casi desapercibido, aunque puede quedarse acumulado en forma de arenitas de resentimiento que se van juntando en el corazón. Otras veces, como ésta, el costo es más tangible y sin ningún eufemismo: me costó el auto.

En la parte intangible, también tuvo un costo muy claro: mi tranquilidad. Durante varios días tuve miedo, me sentía paranoica y vulnerable de pensar que la persona que se llevó mi auto, se llevó también mis documentos con datos personales y algunas anécdotas compartidas durante la “tranzacción”, que revelaban detalles sobre mi familia.

La lección

Todo eso va sanando, poco a poco. Luego de los necesarios trámites en el banco, la denuncia ante el MP y los ajustes financieros que implicó este fraude, la vida retoma su cauce normal. 


Pero esta vez, seguro no pierdo la lección, y te la comparto a ti, con la esperanza de que puedas reconocer los síntomas de este mal hábito de pasar por encima de mi misma con tal de no incomodar al otro, si acaso los reconoces un día.

Te cuento como fue:

Luego de un par de llamadas telefónicas para ponernos de acuerdo para mostrarle el auto primero, y para llegar a un precio conveniente para ambos, el supuesto comprador y yo nos quedamos de ver en mi banco para depositar un cheque de caja en firme; así lo habíamos acordado.

La estrategia

Rodoflo Ibarra –así se hizo llamar-, llegó a toda prisa. No dejaba de hablar ni un momento y me contó que se había escapado de la galería donde tenía montada una exposición (dijo que era corredor de arte, ¡qué cliché!), para venir a cerrar la operación; tenía prisa, así que sacó el cheque de su cartera y, literal, lo puso frente a mis ojos un instante señalándome con el dedo mi nombre y la cantidad acordada. Lo volteó para que viera que estaba impreso por la parte de atrás también con mis datos.

En seguida, a paso apresurado, tomó un turno para pasar a la ventanilla a hacer el depósito, mientras nos preguntaba, a mi hermano y a mí, sobre lo que hacíamos en la vida. Halagada por poder hablarle de mi libro (gran estrategia, ahora lo veo), me distraje contándole la historia, que lo había escrito para mi hija, que tenía otro hijo, etc. Mi hermano le contó que era fotógrafo y él lo interrumpió para decirle que estaba de suerte; necesitaba sus servicios en la exposición. ¿Tendría oportunidad de ir a la galería al día siguiente a tomar algunas fotos?

Incomodidades

En eso iba la plática cuando lo llamaron de la ventanilla; nos acercamos y la señorita de la caja me pidió retirarme a sentar porque sólo podía atender a una persona por turno. Incómoda, obedecí. Tan pronto terminó de hacer el depósito, me entregó el recibo, y yo le entregué los papeles de mi auto mientras caminábamos al estacionamiento para entregarle el carro.

Cuando vi el recibo, me di cuenta de que decía “salvo buen cobro”. De inmediato le dije que no habíamos quedado en eso. Me respondió que no tenía por qué preocuparme, que dado que su cheque era de un banco distinto el depósito quedaría en firme al día siguiente, pero que siendo un cheque certificado estaba respaldado por su banco y yo no tendría ningún problema. Me sentí incómoda.

Me sentí incómoda primero, porque habíamos quedado que sería un cheque de caja, que según mis investigaciones era el más seguro; también me sentí incómoda porque en ese momento me di cuenta de que estaba corriendo un riesgo. Sin embargo, también me dio pena mostrarme desconfiada; hasta ese momento me había parecido una persona “decente” y no lo quería incomodar. También recuerdo ahora una vaga sensación de miedo… ¿y si se enojaba por mi reclamo?

En el trayecto hacia el carro, siguió hablándonos de su exposición y caminando a toda prisa. Nos compartió también que su esposa y él tenía un bebé recién nacido y que ella estaría muy emocionada con la camioneta. No dejé de sentirme incómoda y comencé a ponerme nerviosa, a sentir miedo, pero todo lo descarté. Me dije que no tenía por qué desconfiar, su apariencia (sí, las apariencias engañan) me hacía pensar que era verdad todo lo que me iba diciendo, y me traté de convencer a mí misma de que mi sensación de desconfianza era infundada.


Desorientada

Todo esto sucedía en fracciones de segundo; viéndolo en retrospectiva suena absolutamente irracional. Y así fue. La realidad es que me sentía aturdida, desorientada.

Entre su estrategia de la prisa, de no dejar de hablar, de presentarse vestido “como una persona decente”, de generar una sensación de cercanía y confianza al hablarnos de su familia y preguntar por la nuestra, y mi tendencia a ser “linda” y no incomodar a los demás, incluso a costa de sentirme incómoda yo, fui el blanco perfecto para su fechoría. Caí redondita, pagué el precio de no escuchar mi propia voz, de no hacerla escuchar, y de estar dispuesta a que pasen sobre mí para no caer mal, para no verme mala onda, para ser linda, para no hacerlo enojar… 


Conclusión


Con respecto al carro ya no hay nada que hacer. El seguro no aplica porque no fue robo, sino fraude; la policía ya tiene los datos y, bueno, ojalá y hagan su trabajo –pero ya no está en mis manos. Yo en realidad ya lo solté. Una cosa buena que me ocurrió ese día fue, al llegar a mi casa después de ir a hacer la denuncia, recibir tanto amor, contención y cero reclamos de las personas a las que más amo. Y sobre todo, sentirnos juntos, seguros y abrigados por nuestra familia y sensación de hogar. Me sentí llena de gratitud.

Una amiga me sugirió algo: prométete a ti misma que nunca más vas a volver a quedarte incómoda tú para no incomodar a otro, así sea alguien importante para ti. Y creo que es una promesa necesaria; te invito a hacerla tú también.

Y por supuesto, no se trata de ir por la vida ahora pasando por encima de los demás. En realidad, se trata de cuidarnos y cuidar al otro en el mismo nivel. Dicen que en las grandes operaciones de negocio, justo cuando ambas partes dicen estar listas para firmar, se hacen una pregunta final:
 ¿nos sentimos cómodos los dos? Si alguno dice no, se vale siempre volver a empezar.

*Todas las imágenes las tomé de internet sin ánimo de lucro. Si alguna es tuya y quieres que te de crédito o que la retire, por favor házmelo saber. 



sábado, 21 de julio de 2018

¿Por qué queremos perder peso?

La libertad de ser quien soy

El día de hoy tenemos una blogger invitada, que nos comparte una reflexión acerca de un tema que me parece fundamental en esta etapa de mi vida. El de ejercer la bendita libertad de ser auténticas, de abrazar el ser que somos tal y como es, e incluso el de decidir emprender una transformación personal hacia donde nosotras decidamos, siguiendo nuestro propio corazón y no el de las expectativas ajenas.

Las invito a conocer las letras de Marta Rivera* y el testimonio que recogió al respecto de este tema.

Eso que siempre queremos perder. 
Parece que el peso sigue dictando nuestra imagen corporal y nuestra autoestima. Entonces, ¿por qué seguimos tratando de perder peso?
Incluso si no estás bajo un régimen para lograr un objetivo específico de reducción de peso, es probable que realices algún tipo de esfuerzo para bajar o mantener tu peso.
  
¿Por qué bajar de peso? 
Decidí preguntarle a una hermosa mujer de México, su nombre es Karla Nohely, admin de la página Soy Gordita y Qué?, ¿por qué bajó tanto de peso? Su respuesta fue que lo hizo por problemas de salud, pero que nunca consideró la cirugía. 
Su estrategia fue una dieta saludable, beber mucha agua, reducir su ingesta de azúcar y hacer ejercicio. Lo hizo por ella y nunca se ha sentido más feliz. Aunque tenía un importante grado de obesidad, siempre se sintió aceptada y amada por su familia y amigos. Esta mujer es muy inspiradora; me encanta hablar con ella.

 
Razones sencillas y honestas. 
Algunas veces, los beneficios de perder peso son verse y sentirse bien. Algunas mujeres pierden peso porque están cansadas de tener que probarse 40 cosas cada mañana, antes de encontrar una que se les vea bien. Recuerdo a una modelo de talla grande que perdió mucho peso porque, dijo, quería vivir para poder ir a Disney World y subirse a los juegos, porque quería poder sentarse en un asiento en la sala de conciertos, o en un avión y sentirse cómoda y querida. O por algo tan común y simple como andar en bicicleta con sus hijos. Lo que tú realmente quieres. 
Hay muchas razones para querer perder peso, sólo asegúrate de hacerlo por ti, no por lo que la sociedad quiere que parezcas. Recuerda: tu tamaño, no determina tu valor.

*Marta Rivera es una blogger de Puerto Rico. Aboga por los derechos de la mujer de talla grande. Su pensar es que toda mujer es bella no importa su talla. Ha escrito para el periódico La Voz Hispana de Nueva York y la revista de novias Esposa Moderna entre otras.

jueves, 10 de mayo de 2018

Agradecer como celebración: día de las madres

Hay algo muy íntimo en la celebración del Día de la Madre, algo que va mucho más allá de las felicitaciones, los ramos de flores y los restaurantes abarrotados. A mí me gustan los pretextos para celebrar, así que los aprovecho. Pero además de eso, me provocan siempre reflexiones personales.

La maternidad ha sido uno de los principales motivos de reflexión en mi vida.

Ser mamá, sin duda, ha enriquecido mi experiencia vital en el más amplio sentido de la palabra. Es decir, la ha enriquecido porque no ha sido una experiencia estática ni predecible. Ha sido una experiencia llena de matices; de contradicciones; de todo tipo de emociones, a menudo desbordadas; de cuestionamientos personales; de agradecimiento profundo; de aprendizaje constante; de retos personales.

En este camino de ya casi 18 años he aprendido a tratar de sacar lo mejor de mí, aún en los momentos en que me faltaban las ganas de ser mi mejor versión; he aprendido a ser generosa hacia afuera sin descuidarme hacia adentro, practicando con ahínco el maravilloso arte del malabarismo para sentirme realizada con quien soy, incluyendo mi rol como mamá, sin excluir todos los otros roles que la vida me ofrece.

He experimentado la gratitud de ser amada en toda mi imperfección. Y esa gratitud es enorme.

Estoy segura de que, como niña, yo también amé de esa manera. Pero como adulta, han sido ellos, mis hijos, quienes me han puesto el ejemplo y me han inspirado para reaprender a amar así.



Como familia Montessoriana, aprendemos que más que felicitar por un logro, hay que felicitar por el esfuerzo realizado, por haberlo intentado con todas tus ganas, por dar lo mejor que pudiste dar en ese esfuerzo determinado, y no necesariamente por el resultado.Y eso es lo que me viene a la mente con los cientos de felicitaciones que hoy circulan en todos los grupos de whats a los que pertenezco.

Cuando me llega un "felicidades mamá", no termino de entender por qué nos felicitamos.

¿Por no tirar la toalla en los terribles 3 o en la temida adolescencia de nuestros hijos? No era una opción, pero no voy a negar que lo consideré más de una vez cuando alguno de esos berrinches legendarios de la infancia se me salía de control. Pero qué, ¡ni modo que los regresara por donde llegaron!

¿Por ser mamás modelo? En lo personal, no me considero una mamá intachable, y aún así me gusta la mamá que soy.

¿Por ser tiernas, hermosas, por amar sin condiciones, por soportarlo todo? Ups.... la verdad es que no me reconozco en la imagen de la mamá abnegada. Puedo ser tierna, sí, pero también puedo ser todo unogro, pregúntenle a cualquiera que haya vivido conmigo. Hermosa.... bueno sí, ¡salvo cuando no amanezco hermosa!

Digo, es como si a mis hijos los felicitaran por ser mis hijos.... Ser hijos no tiene un mérito en sí mismo, sino la forma en que nos esforzamos en ser los mejores hijos posibles. Considero que pasa igual con la maternidad. Y yo, luego de casi dos décadas de experiencia, sigo en el proceso de aprendizaje que, sospecho, no tiene fecha de graduación.

También es cierto que, en mi experiencia, se ha ido volviendo más fácil con el paso de los años.

En parte porque conformen crecen,  ellos y yo nos conocemos mejor y vamos aprendiendo a comunicarnos (mucho más que cuando todavía no adquirían el lenguaje, por ejemplo); en parte porque supongo que yo también fui madurando; y en parte también porque ellos van adquiriendo su propia personalidad, descubriendo sus intereses, enriqueciendo sus vidas con experiencias más allá de mis brazos protectores, y volviéndose, paradójicamente, un poco desconocidos y en ese sentido también fascinantes...

Mientras más tiempo pasa y más nos conocemos, más misteriosos nos volvemos los unos para los otros.

Con una hija a punto de volverse adulta y un hijo que está ya en el umbral de la adolescencia, esas mentes que creía adivinar cuando eran niños, me ponen de manifiesto su naturaleza de siempre: son universos en expansión con vida propia, fraguando un futuro que ni ellos ni yo imaginamos en verdad.

Y yo... soy su mamá. Wow.

Así pues, más que celebrar el "ser mamá" les agradezco a ellos, mis hijos, por amarme como soy, y por acompañarme a recorrer estos años de la vida que hemos compartido, aprendiendo juntos el significado del "para siempre" y el verdadero sentido de pertenecer.





Gracias, Sabina y Renato, por construir conmigo un hogar indestructible en nuestros tres corazones. 

Creo que es así: ser mamá es un camino infinito de ida y vuelta que se construye en colectivo. Los involucrados son, claro, los hijos y la madre, y también los aliados -la pareja, la familia, la comunidad- que nos permite construir una experiencia afortunada del maternaje; no es una condición que pueda darse por sentada. A todos, gracias.