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viernes, 10 de febrero de 2012

No me haces feliz, no me haces triste.



¿Que si soy más infeliz desde que me divorcié? Fue una pregunta que hizo hace poco una niñita a la que amo con todo mi corazón. Y me dejó pensando.

Después de una noche dándole vueltas al asunto llegué a una respuesta que me resonó como genuina. Una cosa no tiene nada que ver con la otra, aunque ni siquiera yo me hubiera dado cuenta. Mi felicidad y mi tristeza son mías, provienen de mi interior, están conmigo cuando despierto y cuando me gana el sueño; me las llevo de viaje cuando me agarra el espíritu aventurero y camino por el mundo para empaparme de él; también me las llevo conmigo cuando, inútilmente, quiero huir de ellas y convertirme en ermitaña en el rincón más alejado del mundo. Ya me pertenecían cuando me enamoré de su papá; venían bordadas en el velo de novia que se puso mi corazón cuando nos casamos; me acompañaron las dos décadas que duró nuestra historia de pareja, y para cuando nos divorciamos seguían ahí, inamovibles. A algunos años de distancia, cuando me asomó para ver si todavía están conmigo me doy cuenta que sí. No las he perdido y lo más probable es que no las pierda en mi tiempo de vida. Su origen soy yo, su fuente de existencia está en mi mente, y lo que suecede afuera de mi, es apenas una brisa que pasaba por ahí cuando la avalancha de emociones estaba ya por desprenderse, montaña abajo, por mi vida. Y sí, la brisa debe sentirse muy poderosa cuando, al pasar, mira "lo que provocó", pero no sabe que no fue ella quien provocó la avalancha, que su paso por ahí fue sólo una coincidencia, sólo eso.

De manera que no, mi niña. No soy más feliz ni me siento más triste porque me divorcié. A veces me siento triste porque olvido que siempre puedo optar por ser feliz. Gracias por recordármelo.

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