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domingo, 11 de diciembre de 2011

Primeros días en Sydney: adaptarse

Sydney, Australia (Lilyán de la Vega)





Tembló en México. Se movieron las paredes y se removieron los recuedos. Acá nos enteramos de inmediato, vía Facebook. Se comparte lo gozoso, lo importante y lo irrelevante en tiempo real: siglo XXI.
Estamos en el quinto continente. Incrédulos y aún algo desorientados por el viaje al futuro. Estrenamos los días 17 horas antes de lo que solíamos hacerlo hace 6 días (¿ó 5? Creo que perdimos uno en el camino). El vuelo fue larguísimo, pero entre la carga de adrenalina y el cansancio, los niños durmieron mucho más de lo que me esperaba, y cuando les dije que faltaban sólo dos horas para aterrizar, ¡no lo creían! No cabe duda, ellos se apegan mejor al tratado de paz consigo mismos de lo que lo hacemos los adultos.


Anoche, por ejemplo, fuimos al brindis de Navidad de mi amiga Rebecca, un departamento a la orilla de la bahía, con una espectacular vista a la luna llena y al mar. Yo me tuve que arrancar a mi misma de la ventana que me ofrecía semejante paisaje, para integrarme al resto de los invitados y tratar de comprender la conversación. Entre el acento australiano y la política local de la que ya no sé nada, me sentía descolocada. Mientras tanto, los niños pasaban las charolas con botana en su perfecto idioma propio: una mezcla de español, de mímica y de palabras sueltas en perfecto inglés americano. Todos se despidieron de ellos al partir. Yo me despedí de los anfitriones y de 3 ó 4 personas más. Nunca me gustaron las multitudes, creo que ahora me gustan menos...
No vimos el eclipse, no tembló. Disfrutamos el silencio del mar nocturno y la luz de luna trazando un sendero seguro hacia el puerto. ¡Qué deleite vivir en una ciudad en la que las posibilidades de transporte incluyen el Ferry!

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