
viernes, 30 de diciembre de 2011
Una vuelta más al sol

lunes, 26 de diciembre de 2011
Ser viento
jueves, 22 de diciembre de 2011
Como ayer

miércoles, 21 de diciembre de 2011
Cuatro horas y media

¡Aoteaora a la vista!

lunes, 19 de diciembre de 2011
Ojo de agua
Y aquí estoy, con un cilindro de cartón protegiendo la hermosísima obra que forma parte de la cultura del Dreamtime, deleitándome pensando dónde la voy a poner y recordando que tener una obra de arte como estas era un sueño olvidado hace más de 15 años que hoy, aquí, se materializó de forma mágica para mi.
Tenía días librando una batalla interna, y hoy Yarra me lo recordó: tenemos que agradecerles a esas batallas porque nos están haciendo más fuertes, más libres, más completos. Voy a volver para escucharlo. Me ofreció compartirme lo que sabe sobre filosofía aborigen, y a mi me dio un vuelco el corazón… Iré de nuevo mañana.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Mirar lejos

No es difícil sentirse en casa aquí; no es fácil decir quién es de aquí, quién está de paso, quién acaba de llegar. Sólo nos distinguimos los turistas con nuestro mapa en la mano, nuestra cámara trabajando a marchas forzadas y nuestra expresión de asombro frente a la Opera o frente a los murciélagos gigantes volando sobre nuestras cabezas en el parque. Pero hay familias de todos los rincones del planeta viviendo y conviviendo en este lejano continente que parece un paraíso gigantesco.
Hoy es nuestro último día en Sydney. Bromeamos con que ya nos sentimos Sydneños ahora que ya no nos perdemos para llegar a nuestro departamento, ahora que le entendimos al tren y que hasta metimos los pies al agua helada de la playa más cercana. Realmente ha sido una estancia interesante que combina los paisajes urbanos, con el mar, con el bosque (the bush!). Desde nuestro cuarto piso tenemos vistas lejanas de la ciudad; desde nuestros ojos llenos de asombro miramos más lejos aún: hasta las profundidades de los que somos, de lo que no somos, y de todo lo que tenemos en común con quienes caminan cotidianamente este lado del mundo en el que hoy nosotros vamos con el mapa en la mano y el corazón abierto.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Primeros días en Sydney: adaptarse

Estamos en el quinto continente. Incrédulos y aún algo desorientados por el viaje al futuro. Estrenamos los días 17 horas antes de lo que solíamos hacerlo hace 6 días (¿ó 5? Creo que perdimos uno en el camino). El vuelo fue larguísimo, pero entre la carga de adrenalina y el cansancio, los niños durmieron mucho más de lo que me esperaba, y cuando les dije que faltaban sólo dos horas para aterrizar, ¡no lo creían! No cabe duda, ellos se apegan mejor al tratado de paz consigo mismos de lo que lo hacemos los adultos.
Anoche, por ejemplo, fuimos al brindis de Navidad de mi amiga Rebecca, un departamento a la orilla de la bahía, con una espectacular vista a la luna llena y al mar. Yo me tuve que arrancar a mi misma de la ventana que me ofrecía semejante paisaje, para integrarme al resto de los invitados y tratar de comprender la conversación. Entre el acento australiano y la política local de la que ya no sé nada, me sentía descolocada. Mientras tanto, los niños pasaban las charolas con botana en su perfecto idioma propio: una mezcla de español, de mímica y de palabras sueltas en perfecto inglés americano. Todos se despidieron de ellos al partir. Yo me despedí de los anfitriones y de 3 ó 4 personas más. Nunca me gustaron las multitudes, creo que ahora me gustan menos...
No vimos el eclipse, no tembló. Disfrutamos el silencio del mar nocturno y la luz de luna trazando un sendero seguro hacia el puerto. ¡Qué deleite vivir en una ciudad en la que las posibilidades de transporte incluyen el Ferry!
sábado, 3 de diciembre de 2011
Viaja viajando. Quédate quedándote.

Recuerdo haber tenido esa epifanía cuando, sentada en el camarote de un crucero, mi mirada que andaba perdida no sé dónde, se topó de pronto con una tortuga laúd flotando junto al enorme barco, su cabeza hacia arriba (puedo jurar que nuestras miradas se cruzaron). A su lado, una cubeta de pintura vacía, vergonzoso vestigio de nuestra inconciente civilización, flotaba extraviada en altamar. Fue doloroso darme cuenta de que llevaba una hora recorriendo millas náuticas sin moverme de lugar interno, sin ver el paisaje, absorta en mis pensamientos obsesivos.
Hoy, por fortuna, tengo ese recuerdo. Y viajo por la vida viajando, o me quedo quedándome. Estoy, pues, estando. Presente, mirando de verdad, sintiendo lo que sienta -feo o bonito- sin tratar de escapar de ello.
Me gusta caminar así, caminando, sintiendo cada paso, dándome cuenta del camino y sus paisajes, de la gente a mi alrededor, de sus expresiones y de lo que dicen sin hablar. Me gusta la gente tanto como las montañas o el mar. Me gusta escuchar sus voces tanto como disfruto el sonido de las olas o los relámpagos en medio de una tormenta. Y viajar, con los sentidos y el criterio abiertos para conocer a aquellos que viven lejos de mis caminos cotidianos, se vuelve para mi una experiencia mucho más intensa todavía.
Estoy lista. Las maletas ya están cerradas y al lado de la puerta. Binoculares y mapas empacados. Y mientras mi casa, anfitriona por sí misma, acoge con cariño a esos amigos que se atreven a visitarme hasta cuando no estoy, me transformaré en huésped de otros corazones al otro lado del mundo.
Es un enorme privilegio poder cruzar océanos y continentes y conocer lugares a los que no pertenecemos. Una aspiración perseguida por nuestros ancestros que, en tiempos remotos o era imposible o implicaba invertir toda una vida -y arriesgarla en el intento. Hoy, la asombrosa tecnología nos permite hacerlo con tal facilidad, que hermos perdido la perspectiva: nos sentamos, cerramos los ojos, y cuando los abrimos hemos recorrido medio planeta. Tomamos la maleta y bajamos en lo que parecería otro mundo con total naturalidad. Sí, me sigue asombrando. Para mí que soy incapaz de explicar cómo hace un armatoste con ese peso para volar y alcanzar velocidades increíbles, sigue siendo un acto de magia que me arroba.
En dos días abordo esa misteriosa máquina llamada avión y vuelo -¿leyeron con cuidado?, vuelo- al quinto continente. Desde allá, como si fuera lo más normal, escribiré este diario para seguirte compartiendo mis asombros.
Si tú también viajas, te deseo un feliz viaje... ¡viajando! Y si te quedas, te deseo feliz estancia, ¡quedándote de verdad! Aquí "nos vemos".
viernes, 2 de diciembre de 2011
Un viaje, muchas direcciones

by Colleen Wallace Nungari
Zarpemos
Territorios desconocidos
me guiñan un ojo.
Ahora mismo dejé la maleta a medio hacer. Salgo en dos días a uno de los viajes más largos que he hecho en mi vida. Voy al otro lado del mundo, por circunstancias familiares. Y por circunstancias personales, inicio este viaje geográfico al mismo tiempo en que estoy comenzando un inesperado viaje interior.
De pronto, cuando me sentía segura de haber conquistado mi soledad, me sorprendió un vendaval que me tiró de la cima y me dejó de nuevo tambaleándome en la incertidumbre. ¡Qué susto! Por fortuna, sucedió justo cuando estaba por iniciar esta travesía hacia el quinto continente. Una oportunidad para cambiar el foco y recobrar-me.
Iba a hacer un blog para compartir esta aventura por Australia y Nueva Zelanda, pero he decidido que 23 blogs son suficientes por ahora. Y que ya que este viaje es tan significativo en más de un sentido, bien cabría en Aquí Viviendo el recuento de la experiencia. No sólo como una aventura de vacaciones, sino como parte de la aventura de estar viva, de ser yo, ésta que sueña, que planea, que concreta, que viaja, que reencuentra, que explora, que contagia de entusiasmo a mis hijos en este caminar; sino también ésta que de pronto se tropieza y no es capaz de levantarse ágilmente y sacudirse las rodillas para seguir andando, sino que se siente vulnerable, sola o perdida en los momentos más inoportunos (como éste).
Así que aquí cojuntaré todo. Mi viaje a la tierra del Tiempo del Ensueño; mi viaje como espacio para compartir con mis hijos; mi viaje como camino ocioso para reencontrar el sendero de vuelta a casa, a mi misma y finalmente, mi viaje como parte del Experimento vivencial 365 días, en el que participo.
Te invito a seguirlo. Démosle vida de nuevo a Aquí Viviendo, que ha estado más bien hibernando durante algún tiempo. Como diría Miguel A. Ponce, te invito a acompañarme a este viaje, como una forma de acariciar al mundo, de acariciarnos como parte de él.